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Hace unos años publiqué en un blog anónimo firmado como Luciérnago (ahora ya ha dejado de ser anónimo, ja ja ja ), la historia de una ciclista a la que encontré ensangrentada en el centro de Barcelona. Hoy he recibido una carta de ella, pero os lo explicaré en el próximo post. Mejor que primero leáis aquella historia del 2006:

 

23 septiembre 2006

LA CICLISTA ENSANGRENTADA

Hola. Hoy estreno este blog para dejar constancia de las mil y una historias con las que a causa de mi trabajo o, muchas veces, por mi actitud curiosa y expectante, me he topado. Algunas os podrán parecer increíbles, os sonarán a leyenda urbana.

Sin embargo, os doy mi palabra (escrita, además) de que todas, absolutamente todas, son ciertas. Sólo cambiarán los nombres de los protagonistas, a veces el de los lugares y algunas, sólo cuando mi memoria me falle, las de las fechas. Pero la esencia, el alma, de cada una de estas historias será tan real como este blog.

Gritos de ayuda

Una noche cualquiera. Sobre las tres de la madrugada. Este luciérnago que os escribe paseaba por la Gran Via de Barcelona en busca del autobús nocturno que me devolviese a casa. Caminaba a paso ligero (sólo pasa un bus cada hora y no soy masoca).

Al girar por el paseo de Gràcia hacia la plaza de Catalunya comencé a escuchar unos gritos a mi espalda. “Un médico, por favor. Ayuuudaaa”. Al girarme, la vi: joven, unos 25 años, morena. Caminaba hacia mí tambaléandose empujando con las manos una bicicleta. La gente ( a esas horas apenas cinco viandantes) se apartaba de ella. No comprendí por qué hasta que le vi la cara absolutamente ensangrentada.

¿Cámara indiscreta?

En ese instante te pasan un montón de ideas por la cabeza. ¡¡Alerta!! ¡¡Situación de riesgo!! Primero miré alrededor en busca de alguna poco inoportuna cámara indiscreta. Nada. Luego busque tras los coches, en los portales o debajo de un contenedor, que no hubiera un compinche de la presunta ciclista ensangrentada esperando para abalanzarse sobre mí y desvalijarme. Nada. Sólo entonces (fueron 3 ó 4 segundos) me acerqué a ella.

La cara estaba tan embadurnada de sangre que realmente parecía un maquillaje. Pero al poco rato ví en su frente una brecha de la que manaba el falso tinte. “He chocado contra un árbol, ayúdame”. La coloqué con delicadeza sobre un banco y llamé al 112.

Acababa de cantar

La bicicleta quedó en el suelo, sobre las baldosas diseñadas por Gaudí. Me contó que se llamaba Ana, que era cubana y que acababa de actuar en un pub cantando merengue patrocinada por una marca de ron. Confesó estar tan bebida que no vio el alcorque, donde se metió la rueda de la bicicleta justo antes de que su cabeza se estrellara con un muñón del gigantesco plátano de la Gran Via.

La ambulancia ya estaba llegando. Primero la sirena y poco después las luces naranjas destellantes. Justo al revés que los truenos, que primero se iluminan y luego se sienten. Ana se dejó acompañar por los sanitarios y justo antes de ser introducida en la ambulancia me dio su número de móvil y miró de reojo hacia la bicicleta. “Tranquila, no te preocupes. Yo te la guardo”, le dije.

Manos ensangrentadas

La ambulancia desapareció por la ronda de Sant Pere. Yo perdí el bus nocturno y tenía una hora por delante. Cogí la bicicleta y comprobé que el volante estaba suave, casi viscoso. Miré mis manos ensangrentadas. Me había convertido en cómplice de algo ¿siniestro?. No podía pedalear porque la rueda delantera estaba abollada.

Empujé la bicicleta hasta la empresa en la que trabajo y le pedí al vigilante que me abriera. Me miró sorprendido. Primero la cara, luego la bici y, después, y durante interminables segundos, mis manos rojas. “Verás, es que iba yo por el paseo de Gràcia y…”.

 

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